sábado, 20 de agosto de 2011

De las víctimas, hasta los huesos

El disponer de referencias literarias clásicas no es bueno siempre. Su prestigio te obliga a no despegarte demasiado de ellas. La familia de Federico García Lorca, sus sobrinos, parecen estar reproduciendo algún pasaje del Mercader de Venecia. Admiten que se exhumen los restos de las víctimas de la represión derechista en la Guerra Civil enterradas con su tío, en Alfacar, pero no les gusta que se remuevan los de Federico. Una exigencia tan difícil de satisfacer como la que plantea en la obra de Shakespeare, Porcia, la defensora del Mercader, al judío Shylock: le autoriza a cortar al mercader veneciano la libra de carne -ni un gramo de más ni un gramo de menos- que estipula su acuerdo con Antonio, no sin advertirle de que no puede verter ni una sola gota de su sangre. Eso es lo malo que tienen las víctimas de las guerras, que mueren en masa y no pueden ser enterradas convenientemente en sepulturas individuales. Los enterradores las hacinan en fosas comunes y allí el tiempo revuelve y confunde sus huesos. Incluso con la tecnología más avanzada, va a ser difícil distinguir los restos de Lorca, si es que están enterrados en ese lugar, de los de sus compañeros de suplicio. Quizá la familia sufra por esta mezcolanza, pero las víctimas lo aguantan todo, hasta los errores de los vivos: son muy sufridas.

jueves, 18 de agosto de 2011

La matrioska papal

La JMJ 2011 es la  muñeca más grande y vistosa del juego. Contiene otras menores que completan la serie. Sirve sobre todo para "visualizar" el poder católico. Parece que la bondad de una creencia no se mide por la capacidad de cumplir las promesas hechas a sus fieles sino por el número de los que esperan, aún, que esas promesas se cumplan. Galileo dejó en evidencia el mito fundacional del cristianismo: la muerte de Dios en un planeta insignificante y la soberbia de los que la defendían. Pero eso no ha importado mucho. Lo importante es que los católicos se vean juntos y que los demás los veamos juntos. La gran muñeca papal, brillante y teatral, encierra otras de menos tamaño en este momento: el Estado que, teóricamente, sirve a todos los ciudadanos, pero que, como no puede ofrecer concentraciones tan numerosas y unánimes, aparece envidioso y colaboracionista. Y dentro del Estado, muñecas menores: la Comunidad de Madrid, y dentro de esta entidad, las muñequitas que quieren que la visita papal borre del mapa a los indignados del 15M. Y dentro de la autonomía madrileña, las incómodas muñecas descoloridas de la disidencia que al mostrar su pequeñez proclaman su insignificancia y su excelencia rebelde frente a la masa “manipulada”. El adjetivo más perseguido cuando se producen estos acontecimientos es “todos”. El Gobierno saca pecho y le habla, altivo, al Papa en nombre de “todos” los españoles, y juega a no estar en misa pero sí repicando, para asegurarse los votos de los que entran (católicos) por los votos de los que salen (laicos militantes y no católicos). El Papa exhibe “masas”, el opio del clero, y se encara, arrogante, con el Gobierno en nombre de la mayoría católica de los españoles. Y para disipar dudas, se lleva a la reunión a 14 cofradías  para rellenar huecos con cofrades y costaleros multifunción, que hoy están aquí y, mañana, acaso, en botellones, finales de supercopas, festivales  de rock  y, al amanecer, derrotados en  alguna playa emergiendo de la resaca. En el poder taumatúrgico de la masa, creen hasta los poetas, que suelen juntar en sus recitales a una docena de  personas. Cesar Vallejo, en el poema “Masa”, concede a la humanidad entera el poder dar vida a los muertos: “Entonces, todos los hombres de la tierra /”, imagina el poeta,  “le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar...”. La JMJ, al no estar “todos”,  no podrá resucitar el cadáver de la “fe”, sepultado en la última muñeca de la serie, por ahora le basta con reunir a muchos y que “todos” los veamos enseñando músculos.

martes, 16 de agosto de 2011

Leer para sobrevivir


Pocos defienden hoy que la Literatura -que cada vez tiene menos peso en los planes de estudios- sea útil para la educación de las actuales “almas hipotecadas” (stricto sensu), labor usurpada por el dios ‘mercado’ y sus teólogos: los publicitarios. La Literatura, ha abandonado la ‘prometeica tarea’ de ser “maestra de todas las épocas” y ha pasado, casi, a la clandestinidad. Para Harold Bloom, autor de El canon occidental, “la verdadera utilidad de Shakespeare o de Cervantes, de Homero o de Dante, de Chaucer o de Rabelais, consiste en contribuir al creci miento de nuestro yo interior. Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos. El diá logo de la mente consigo misma no es primordialmente una realidad social. Lo único que el canon occidental puede provocar es que utili­cemos adecuadamente nuestra soledad, esa soledad que, en su forma última, no es sino la confrontación con nuestra propia mortalidad”.
Parece como si Bloom condenase la Literatura a competir con otros ‘específicos’ contra el miedo a la soledad o a la muerte, como el valium, las religiones, la música chill-out, el circo televisivo o los programas-confesionario de las radios de madrugada.
Hay quienes piensan que la situación no es tan desesperada: por diversa razones, nunca ha habido tantos lectores y compradores de libros como hoy. Pese a las nuevas tecnologías, a la invasión visual y a las profecías de quienes han anunciado la “muerte del lenguaje”. Quizá se esté saliendo del coma y la Literatura sea una de las últimas formas de resistencia frente a los que siguen pretendiendo que “aquí no existen los porqués”, que no hay que preguntar y preguntarse nada. Sin olvidar que, ahora que en algunos países hay esperanzas razonables de llegar a los 90 años mejor conservados que el brazo de Santa Teresa, podemos seguir confiándole a los libros el embellecimiento de nuestras almas incorruptibles, más allá de cualquier esperanza de sabiduría e, incluso, de felicidad. Hoy en día no se lee para saber más que otros o para ingresar en una elite fuera de la cual no hay salvación. Muchos leen simplemente para sobrevivir.

jueves, 11 de agosto de 2011

Los habitantes de las bibliotecas

EN la Biblioteca todo tenía aquella tarde del pasado diciembre un apacible aire de normalidad. La gente era la misma de otros días: alrededor de un 43% de jóvenes estudiantes, no menos de un 13% de emigrantes de varia procedencia, sobre todo en los puestos de internet, en torno a un 9 % de lectores sin clasificar y el resto, hasta 100%, de jubilados en estado de revista, repasando los periódicos, y un número oscilante de indigentes, que pasaban la tarde durmiendo la siesta, envueltos en la prudentísima calefacción del local o leyendo libros de autoayuda (piden sobre todo: Cómo fracasar en la vida, en las mejores condiciones). Pero el noble anciano que se sentó a mi lado, con apariencia de haber conocido tiempos mejores, toma notas de un libro sobre el II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Madrid el año 1937. Se encuentra tan enfrascado en el estudio de sus documentos que no se da cuenta de que estoy echándole un ojo pirata a lo que escribe. No tengo ni idea de por qué le choca la propuesta de María Teresa León, en la sesión de apertura, de que se nombre presidente de honor a un militar, el "glorioso General Miaja, defensor de Madrid". El caso es que la anota. Quizá teme que si los gobiernos se aficionan a resolver problemas civiles con leyes de excepción, como sucede con los controladores, las bibliotecas pasen a Defensa y se nombre directores a sargentos rigoristas opuestos al dormitar de los vagabundos en sede bibliotecaria. Sea como sea, mi compañero de mesa ha reflejado la propuesta de la escritora y el "clamoroso sí escuchado en toda las sala". En la frase que transcribe a continuación, también de María Teresa, ha subrayado la palabra 'coser': "camaradas, vosotros venís de países donde aún se puede coser a la luz de la paz". Antes de dejar el libro en su estantería y sus notas en el carrito-caracol en el que transporta todas sus cosas, apunta esto de un escritor ruso: "Uno de nuestros escritores, Soblef, ha dicho que la Unión Soviética da al escritor todo lo que pueda desear, menos una cosa: el derecho a escribir mal". Me hace gracia cómo apostilla este último texto: "por desgracia, éste es hoy un derecho de uso común, hasta Vargas Llosa se ha acogido a él en su última novela". Cuando salió, me levanté para coger el libro que había dejado en la estantería y contextualizar alguna de sus notas, pero los funcionarios, todavía civiles, comenzaron en ese momento a apagar las luces. Lo dejé para otro día. Ayer volví para terminar mi tarea, no pude, la biblioteca ya no estaba allí.

miércoles, 10 de agosto de 2011

La dignidad de la mamola



La Virgen y el Niño de Lucas Cambiaso
Pánfilo, se ayuda para olvidarse de la mega-crisis, de libros de todo tipo. Algunos raros. Lo sé porque me ha llegado este mensaje suyo: “Querido amigo, estoy con el libro "La sexualidad de Cristo", de Leo Steinberg. Un verdadero placer "intelectual" leerlo. Eso de tener que explicar toda la Biblia como si hubiera sido escrita línea por línea por el mismo Dios, buscando coherencias imposibles y sentidos rectos, ha dado mucho trabajo a lo largo de la historia y ha creado esas figuras impagables del humor escatológico que son teólogos y exégetas. Con el “Cantar de los Cantares” lo han tenido crudo, porque la Esposa –desde Orígenes, Padre de la iglesia, + en 254- es la Iglesia, cosa que el autor del “Cantar” desconocía, y el Esposo es Cristo, que nacería, al menos 700 años después de escribirse el “Cantar”... El libro, en su origen fue una conferencia. El autor le ha añadido un apartado que titula "Excursos", extenso y delicioso, y lo corona con un epílogo de un jesuita, el Padre O'Malley, teólogo especializado en el Renacimiento, que fue el que le puso sobre la pista de los penes de Cristo. En fin, amigo, esto nos dará para mucha conversación. El excurso III, "Sobre la dignidad de la mamola", no tiene desperdicio. Antes de leer este libro, la Mamola para mí, era un pueblo de Granada, junto al mar. Gracias a Steinberg, ahora sé que ha de entenderse por “mamola” todo lo que sea tocar, rozar con los dedos, pellizcar, acariciar, tomar el hueco de la mano sujetar, pero siempre que se trate de la barbilla. Se trata de un gesto muy importante en la iconografía. Hasta el siglo XVIII fue un gesto tierno, incluso erótico. Hoy es una burla. En muchas pinturas de la Edad Media y del Renacimiento, Madre e Hijo se entretienen en este juego y, basándose en unos versos del “Cantar”, el autor ve connotaciones sexuales en la caricia, que en este caso serían incestuosas. ¡Qué divertido! Hasta me he olvidado de las primas de riesgo, que no son, amigo mío, esas niñas de la familia con las que hacíamos las bellaquerías –también la mamola- detrás de la puerta, aún a riesgo de que nos cogiese algún familiar y nos diese unas "llamarás” (‘hostias’ en ciertas hablas andaluzas)”. Termina Pánfilo, este exegeta disruptivo, deseándome unas tranquilas y provechosas vacaciones.

domingo, 7 de agosto de 2011

Hiroshima, teología de la destrucción

A los nazis les sobró protocolo e impedimenta a la hora de exterminar a judíos, polacos, comunistas y disidentes políticos. Hubo reuniones para elaborar la solución final, se discutió acaloradamente, quedaron documentos con los argumentos de unos y otros. Y siempre se encontraron con la pequeña dificultad de eliminar a tanta gente en tan poco tiempo. La tecnología del exterminio, aunque muy avanzada, dejaba huellas. Dentaduras de oro, joyas, monturas de gafas, esqueletos, botones de metal....A los americanos les sobró tecnología y teología de la aniquilación: todo se hacía en nombre de la democracia y para acortar la guerra. Los americanos acabaron en muy poco tiempo con cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki, pero la bomba atómica convirtió en pavesas hasta el último empaste. Ni fosas, ni trajes de rayas, ni barracones, ni organización ni ordenanzas. Las bombas atómicas calcinaron todo, hasta la mala conciencia de los ejecutores materiales que habían sido preparados  por expertos psicólogos tan minuciosamente para no sentir remordimientos que, hace unos días, el navegante del avión que tiró  la bomba sobre Hiroshima, ha declarado que volvería a tirarla si fuera necesario y que no tiene conflictos con su conciencia por los cientos de miles de muertes que produjo la explosión. La escolástica  blindó la conciencia de los verdugos de la Inquisición y del fascismo beato de Franco del sentimiento de culpa con sus justificaciones y la psicología de la exculpación, el cine bélico de los Estados Unidos y la armadura democrática han inmunizado al último superviviente del bombardeo de cualquier disturbio ético. También es verdad que el avión que trasportó la bomba, el Enola Gay, tomó su nombre del de la madre del piloto del aparato. Ni los exterminadores más eficaces están libres de algún sentimiento percudidamente noble.

jueves, 4 de agosto de 2011

Sexos opuestos


EL pudor me aconseja, a veces, pedirle al casquivano de Pánfilo que me lleve ciertos asuntos escabrosos. Les recuerdo que este jubilado disruptivo, al que de vez en cuando le hago sitio en mi blog, no es uno de mis apócrifos ni mi álter ego; que yo no tengo ni obra ni posición para poder usar esas máscaras. Como me debe algún favor, temas delicados que podrían dañar mi reputación, me los hace él. Por eso le he pasado esta pregunta que el bloguero Hibridación planteaba hace unos días en su bitácora: "¿A qué huelen y a qué saben los seres humanos del sexo opuesto?". Pánfilo, como maestro que fue, sufre de deformación profesional y cuando le preguntas algo, su primer movimiento táctico es hacer que te sientas como un tonto de capirote. Inmediatamente te explica lo que le has preguntado con un tono de voz cavernario, de bajo. Como si la sabiduría fuera sólo cosa de hombres y no se pudiera expresar también con un tono más agudo, menos varonil. No le ha gustado nada la expresión "sexo opuesto". 

Le pido que no me eche la bulla a mí y le recuerdo que la pregunta la hace Hibridación, y no yo. Me dice Pánfilo que hay que ir desactivando el lenguaje de la confrontación entre hombres y mujeres. Que los sexos no son opuestos, sino complementarios. Que recuerde la creencia popular en la "media naranja" o, si hay que aportar un referente culto, que Platón nos prestará su "andrógino", suma de un hombre y una mujer; ser tan autosuficiente en su unidad, que dio lugar a que Zeus, temeroso, acabara por separar al varón de la hembra con una crin de caballo como si de un huevo duro se tratara. Desde entonces cada ser busca su otra mitad. Sólo puedo interpretar como una más de las consecuencias negativas de la calamitosa época política que atravesamos, el que Pánfilo se empeñe en que la pacificación de la guerra de los sexos pasa por el uso de un lenguaje políticamente correcto. Le pienso decir que la corrección en el lenguaje no arregla nada y sólo sirve para enmascarar los problemas. Al final, sí nos hemos puesto de acuerdo en que la expresión "sexo opuesto" habría que reservarla (en plural) para la logística de ciertas posturas amatorias. Al rato de hablar con él por el móvil, me envía este mensaje: "Se me olvidaba: padezco una enfermedad que no me deja oler los sexos y menos los lejanos u opuestos. Saborearlos sí que puedo: saben a ese sexto sabor, aún no descubierto, que no es ni dulce ni amargo ni salado ni ácido ni unami; ese sabor sin nombre todavía, pero que es a lo que saben los sueños". Le he contestado que esta última boutade suya la he leído en alguna parte.